Poema a la tristeza


Poema segundo 


Con las horas pasando lentas, con gracia,
como si no tuvieran prisa alguna,
como si el tiempo hubiera decidido
dejar de ser…

Se encuentra de nuevo sentada
en la silla de la discordia,
recostada en el respaldo de la indiferencia,
mirando la nada.
Y otra vez… la nada.

¿Qué herida tan letal fue hecha en ese corazón
que olvidó el frío sabroso de la madrugada,
ese que anuncia nuevas oportunidades?

Olvidó la tempestad del mar
azotando el paredón,
los sonidos poderosos
que cuentan lo que ocurre al otro lado del mundo.

Ya no recuerda mirar al cielo
ni deleitarse con la grandeza de las estrellas
que nacen y mueren por doquier.

¿Quién ha sido el culpable
de tan catastrófico acontecimiento?

A sus dulces quince años,
la joven penetra de nuevo
en la oscuridad de su alma—
alma cansada,
alma aburrida—

como si hubiera vivido ya
diez décadas.

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